Estás en Iztapalapa a las 9:30 de la noche, con un tráfico de la chingada y con una peda esperándote en San Jerónimo; vas perdiendo de a poco la esperanza de llegar algún día y, para terminarla de amolar, hasta se te están pasando las ganas de llegar a la fiesta, la primera del año. En algún punto, piensas, "Meh... Chance y ni va a estar tan buena... ¿para qué voy?"
Pasa el tiempo, y el tráfico está igual.
De pronto, ves la luz al final del
Total que después de toda una odisea por las avenidas del Distrito Federal, llegas a las 11 y algo al lugar elegido por los dioses mayas, aztecas, nórdicos y griegos para la primera peda del último año.
La música fluye a través del metal del zaguán y ya no hay marcha atrás.
La puerta se abre se escuchan los saludos, las risas y los “¡Ahora sí ya empezó la peda, chingá!”.
Subes las escaleras, saludas a todos como campeón y ves a toda la banda. Así, caes en cuenta que es hora de ponerse hasta el culo y tener una noche tan épica, que merece ser relatada por las generaciones venideras a través del tiempo y el espacio. Consideras que en cada punto del universo, aunque no sepan de tu existencia, se podrá sentir en todos los ambientes la infinita relevancia de tu diversión de esa noche.
Con una cantidad considerable de alcohol en nuestra sangre, los caminos comienzan a divergir. Ella, sigue en el mismo mood y con las mismas intenciones: somos buenos amigos y compañeros de peda; yo, por mi parte, con un apendejamiento por ella que tiempo atrás ya venía arrastrando, comencé a razonar que era el momento. ¿Momento para qué, estúpido?
La cosa ya no fluye igual. Obvio, por güey, nunca hice ningún movimiento, ninguna proposición, nada. Pero mi actitud sí cambió. Yo estaba seguro, además, de que ella sabía tan bien como yo, que era el momento. ¿MOMENTO PARA QUÉ, CARAJO?
Silencios incómodos y eventual término de travesía en la peda fueron las consecuencias.
Equis, no pasa nada. Seguro se puso a malacopear porque se le cruzó el tequila con, con... con algo más. Pero obvio no soy yo. No la cagué.
Es temprano, hace poco más de una hora que fue media noche, pero ella se viene a despedir de mí. Perfecto. La acompaño a la puerta, la beso, se va. Todo quedará en suspenso para el lunes. Ah, que si no era un plan perfecto.
Ajá.
Estoy en las escaleras, viéndola decidida para comenzar a bajar. Es ahora, vas.
Antes de que ella diese el primer paso hacia abajo, la jalan. ¿Qué? ¿Quién es? ¿Qué...? No. No, cabrón, ¡no, no, no! Y ese imbécil, ¡¿quién es?! ¡¿Por qué la besas?!
Mis manos van directo hacia mi cara. El mundo se deshace. La chica por la que muero hace poco más de un año, con ese, ese... Ugh. No siento más que desesperación. ¿Por qué no me besa a mí? Platicamos toda la noche, nos reimos mucho, bailamos... ¿qué más tengo que hacer? Subo por las escaleras al mismo tiempo que ella las baja algunos minutos después. No me ve, ni yo a ella: yo, no porque estuviera llorando; ella, no sé, o al menos pretendió no hacerlo.
Subo con los demás. Evidentemente, todos me ven. Ya me vale madres todo. Voy al cuarto del de la casa y, con los ánimos exacerbados por el alcohol, me echo a llorar. No mames. Escena más patética no creo haber presenciado antes: un güey llorando porque la chica que le gusta, su mejor amiga, a quién siempre le había dicho que se reventara chido y que disfrutara, se besó con un Don Equis, después de que habían tenido una peda mucho más que agradable, pero con interpretaciones diferentes. Llora por quien no es su novia, a quien no le hizo ninguna proposición. A ella ni siquiera le gusta ese que llora. Qué pendejo.
Llegan amigos a consolarme, a decirme que no hay pedo. Yo sé que no hay pedo. Técnicamente, no debería porqué haber pedo alguno. Pero no puedo engañar a nadie; esa escena de la escalera me hizo puritita cagada. Me lavo la cara y "lo supero".
Pero a huevo que ahí no se acaba la historia.
Ahora llega Don Despecho a invitarme a chupar, y claro, como no soy maleducado, me embriago más con él.
El alcohol fluye y fluye.
Durante ese lapso, pienso en esa mujer, en mi chica-que-no-lo-es, me encabrono y voy con otra.
Sin embargo, a la mitad me doy cuenta de lo inmensamente idiota que es lo que estoy haciendo y puedo ver con un poquito más de claridad. Finalmente le encuentro lógica a todo y comprendo que, verdaderamente, no hay pedo: no somos nada y ella se divierte. Entiendo que es lamentable que no me pueda divertir con ella en un plan de amigos. Ya aprenderé.
Sentí como si fuera el Pípila y me quitaran de encima la losa de piedra.
Es mi amiga, la quiero. Además, pude haber cagádola muy feo. ¡Kachín! Punto para mí.
Total, volví a la fiesta en un plan chido-chido. Parecía que todo volvía a tomar el cause original, y así fue.
No pasó a más.
Dormimos todos como a las 5 y yo me fui por ahí de la 8, como de costumbre.
Así, todo Lameiras yo.
dlb
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